El espacio del resto
Nadie duda de los beneficios cognitivos y neuronales que traen consigo los seres de otras especies que viven con nosotros, entre nosotros, domesticados, de casa, a los que también llamamos mascotas. Hay una controversia bastante clara en mi cabeza respecto al tema. Está bueno que los tiempos modernos hayan resaltado el respeto a las otras especies y me cuesta, a modo personal, encontrar un punto en donde no me atreva a matar a ningún insecto y sea absolutamente necesario hacerlo. Por ejemplo, me cuesta matar hormigas, saltamontes, escarabajos, polillas y algunas especies visibles. Lo que si me parece de vida o muerte es ver a un moscardón en la comida depositando sus vómitos mientras frota sus manos cual villano de antaño, o una cucaracha, o una laucha.
Somos clasistas de bichos? decidimos el fin o la continuación de sus vidas según nos convenga o emocione su estética o alguna historia animada. Muy pocos adoptan un sapo de mascota y los cuidan en sus casas. Me parece una injusticia enorme y no parece que pueda hacer algo por eso.
En fin, mi perra se llama Tini, en el momento que escribo esto tiene 10 años y está echada al costado mio, al costado de la mesa en donde estoy escribiendo esto mientras el sol entra por la ventana, suenan chicharras y las 4 pm de este domingo muestra un clima perfecto que se irá degradando a medida que mi cabeza comience a entender que mañana es lunes. No cualquier lunes. El primer lunes de rutina del año.
Lo bueno de Tini es que es completamente compañera, la madre es una Pitbull y el padre un Golden. Ella es una especie dorada y retacona que simula bien su pose de golden floja de papeles, media chueca y huesuda. Tiene ansiedad por el viento fuerte y no tan fuerte por el ruido que hacen los eucaliptos que están frente a casa, los que probablemente generen algún sonido imperceptible para nosotros, pero no para ella. Para sus casi 30 kilos es muy ágil y así como gasta energía también la consume. Está criada con alimento balanceado pero también con algo de cocina casera. No le cocinamos, pero si mezclamos algo de su alimento con sobras de platos que comemos nosotros, naturalmente naturales y dentro de la lista permitida. Todo eso lo gasta en un patio de unos 100 metros cuadrados en total en donde puede darle vueltas a la casa con total libertad.
Hace unos días escribí un fragmento sobre la importancia del patio y del verde en mi vida lo que me brinda en época estival un momento de paz entre la merienda y la cena. Y si algo hace lindo a un patio no es lo estético, sino que el patio tenga algo especial. Lo especial del mio es la cantidad de pájaros que habitan y comen en el. Al parecer hay una gran y diversa cantidad de insectos que permiten que varias familias de chingolos y afines se alimenten y desarrollen sus vidas en un ambiente relajado. Tini no hace nada para que se vayan, al contrario, entra a casa porque parece que no los quiere molestar.
Siempre y cuando el patio esté en condiciones me gusta sentarme a admirar la belleza de los pájaros. Una admiración que roza una envidia me hace querer comprender como logran volar con el simple hecho de mirarlos. Muchas veces estoy sentado afuera y se posan cerca, me ven y aún así se quedan comiendo bichos o sobras de alguna merienda. Incluso salgo al patio, camino y ahí se quedan. Tendré poderes con los animales? Seré energéticamente compatible con ellos?
Hace 2 días atrás entro a la cocina para preparar el mate mientras disfrutaba de una hermosa juntada multiespecie con Tini y algunos alados que se hicieron presentes. Cuando termino de preparar y salgo caminando hacia el juego de jardín y mientras las luces del atardecer atenuaban la visión haciendo que entre en un estado previo al descanso, veo que un ave se quedaba quieta como esperando mi reacción, practiqué movimientos lentos al caminar para no espantarla, comencé a hablarle de forma dulce y tranquila. “Quizás hasta pueda adoptarla en mi vida” -pensé.
Ese instante que te regala la existencia se transforma en admiración a la belleza como un acto de presencia y gratitud ante la vida. Por lo menos hasta que me di cuenta que no era un pájaro sino un sorete de Tini.