De un golpe
Tengo una fijación con el clima, tiene mucho que ver con mi estado emocional en curso, justo en el momento de escribir algo de índole personal. Algunos prefieren las frases, otros las emociones, yo prefiero el clima. El viejo y poco confiable clima que nos acompaña desde el principio de los tiempos y que creó las condiciones para que hoy seamos lo que somos. ¿Cómo no quererlo?
Presto mucha atención y tengo una sensibilidad muy aguda cuando se trata de cambios climáticos en tiempo real. Sufro de una especie de alergia al cambio de clima. Me da alergia pasar de calor a frio, de húmedo a seco, de vívido a gris.
Aprovecho los días lindos para ir a entrenar con otra onda, con otras ganas. Hace calor a las 3 de la tarde pero cuando termino y llego de vuelta a casa, el juego de jardín se pone la 10 y me brinda unos mates en el patio con la temperatura bajando minuto a minuto. La tarde se va transformando entre lo que es una siesta veraniega, a una tardecita de primavera y a una noche otoñal. Acabo de estornudar al escribir eso.
Lo único que me recuerda que aún estamos en verano son los mosquitos y los bichos. El mosquito se repele fácil. Una aplicación de cualquier repelente estándar cumple con su función y nos aleja de los seres vivos mas molestos en la escala de Gabo.
Por otro lado, tengo una teoría que indica que los bichos saben lo que hacen, es imposible pensar que una polilla, un cascarudo y una chinche entren siempre juntas y mueran después de varios minutos tirándole el último cuarto de envase de mata moscas y mosquitos, revoleando un trapo o remera a mano y por último con ojota o calzado. Seguramente mientras estaba concentrado en eso pasaron otros bichos que luego encontraré. Es como un comando de distracción. Gracias por todo Pixar.
Justamente hoy, mientras cocinaba una versión mas argentina del Chow Fan con cebolla, morrón, ajo y oliva entró un bicho a la cocina por la puerta trasera entre abierta. Mi primer reacción fue la indiferencia absoluta, por ahí se ofende y se va. No sucedió. Seguí cortando la zanahoria en cuadrados diminutos demostrando el grado de detalle y amor que pongo en la gastronomía familiar. Escucho el sonido de su vuelo y reconozco un coleóptero. Aún sin mirarlo ya sabía que alejar el cascarudo de la cocina iba a ser algo sencillo.
Lo veo pasar delante mio mientras saco los polos del zapallito. Era de color marrón. Un escarabajo rubio, como si fuera un miembro de la familia Targaryen en el universo Curculioidae. Se pasea. Dejé el cuchillo sobre la mesa tras cortar el zapallito en 36 cubos iguales, lo veo cerca de la luz del techo de la cocina. Tomo la cuchara y mientras mido el aceite de oliva noto que era un gorgojo volador. Cae el aceite sobre el wok muy caliente, su estado cambia y se vuelve más liquido lo que deja una especie de aureola mientras los movimientos circulares hacen que el aceite baile sobre el acero emanando ese aroma mediterráneo por excelencia.
Mi mano izquierda sostiene el asa del wok, en la mano derecha un repasador blanco con florcitas de colores. Al girar todo mi cuerpo 180 grados quedo frente al gorgojo que de un solo movimiento golpea mi frente y sale volando por la misma puerta por la que entró.
En una realidad mas coherente ese gorgojo estaría siendo comido dentro de un chow fan en un puesto de Tokio, y no pegándole un cabezazo a un tipo común del oeste de Buenos Aires que cocina todo como si fuera una salsa boloñesa.
Era el turno de echar los huevos.