Comenzó Marzo, el mes génesis, el mes que marca el inicio del año y el mes que marca el ritmo, al menos el inicial; luego se regula. Uno de los principales objetivos de este decálogo de meses que restan hasta las fiestas, es no quejarme por el dinero, es un mal que me viene agobiando desde hace varios marzos, hace varios años. Se bien que no tiene sentido pero aún así, parece imposible, pero sucede.

El dinero es como la miel sobre una galleta, no sabes por donde pero se cae por donde menos lo esperas.

Hace días vengo cocinando galletas de avena, naturales y bastante ricas. La base es buena:

  • 100gr de harina de avena
  • 75gr de avena instantánea
  • 1 cdta de polvo de hornear
  • 2 huevos
  • Esencia de vainilla

A eso lo adornas con múltiples opciones válidas que pocos usan, en mi caso

  • anís en grano
  • Endulzante
  • Canela
  • Café instantáneo
  • Cacao amargo
  • etc…

También hay alternativas saladas con queso, sal y algún condimento. El cielo es el límite.

Hace unos días luego del entreno sabía que no iba a tener tiempo de prepararme unos huevos así que agarré 3 de esas galletitas y me las preparé en un plato, al lado la miel, para más placer. La miel bastante líquida, ya no sé cuál es la buena, si la azucarada y dura o la que viene como si fuese jarabe, todas las etiquetas dicen miel pura natural.

Y así fue que para acompañar los mates decidí comer eso. Unté la miel, miré por todos lados, la miel en su lugar, la galleta impecable. Hasta ese entonces era mi mejor performance de limpieza comiendo miel. Nada por aquí, nada por allá.

Al momento de terminar la galleta veo mi mano llena de miel, la mesa, el plato, mi bermuda, todo lo que tocaba era pegajoso. No entendía, pero ahí estaba. Confundido.

No hay control, y la única solución parece una rejilla húmeda.