La subyacencia del marco
Los días en donde descanso del trabajo son más lindos en verano porque no hay una rutina a seguir ni una lista de cosas qué hay que hacer si o si. Hay tiempo, no hay apuro (salvo excepciones), los que tenemos hijos sobreentendemos esto. Levantarme, desayunar, ir a comprar, cocinar, almorzar. La cosa bien que muchos amamos, aun ante la simpleza del acto, aún ante la mirada perdida de quien lee.
Estos días la cabeza se siente menos pesada y como sé muy bien que nada es para siempre, me dispongo a hacer cosas fuera del horario normal en las que las hago. De una forma u otra el cuerpo y la vida responden de la misma manera ante diferentes estímulos fuera del tiempo y lugar establecido. Se ocurren ideas nuevas en lugares inesperados, respuestas superadoras a discusiones de hace 3 días o aparece dinero en un pantalón viejo, ya todos saben eso.
El tema es que mientras hacía algo diferente en el momento del día diferente, me encuentro con la idea más genial, en realidad más que idea fue un pensamiento, una reflexión casi ecuánime que siempre estuvo ahí, delante de mis ojos y nunca la vi. Algo tan simple de comprender que, el propio mundo podría dar un vuelco hacia un extremo blando de la felicidad. No era yo, era el mundo hablando a través de mi. Y desde esa humilde percepción de la vida seguí hasta terminar lo que estaba haciendo.
Ahora que estoy sentado en el patio de casa, me siento a escribir sobre esta idea, este pensamiento reflexivo que ya no está. No es casual que hacer algo en un momento poco habitual traiga consigo consciencias poco probables. Al reflexionar sobre lo sucedido caigo que el horario en el que se me ocurrió la idea fue cuando por lo general me siento a escribir por la mañana. Este post termina sin épica.