Las tardes de verano tienen mucho groove. Invitan a juntarse, moverse, hacer, compartir. Hace poco vi que, en países como Noruega —no digo el verano porque es muy limitante—, los días soleados y lindos escasean; el resto del año es demasiado frío y oscuro.

Para ese entonces, la gente aprovecha y recupera algo de vida social apurada por el tiempo y, de forma desesperada, se junta en cualquier espacio disponible para hacer algo. Un parque, una parrilla, lagos, festivales… El entorno importa, pero lo más importante es hacer.

Me preguntaba por qué cuesta tanto hacer, con lo simple que es. Ojo, me incluyo dentro de la tasa mundial de los que les cuesta arrancar a hacer algo. La mayoría de las veces ese tipo de conducta nace de la duda y del sobrepensar.

El día lunes entrené piernas durísimo; el miércoles no podía moverme. El jueves, un poco mejor, me puse a pensar si ir a entrenar o no. Estuve más de tres horas pensando en todas las posibilidades de sufrir por mis piernas, aunque no las ejercite. Pensaba que algo malo podría pasar si iba.

Después de un rato recordé muchas veces cosas que fueron pasando: invitaciones a las cuales dudé en ir y que luego la haya pasado bien. Me lo dije: “siempre dudo y nunca pasa nada; después vuelvo y digo: menos mal que fui”.

Al final fui, dudé, hice y concluí que nos frenamos a nosotros mismos. Es más fácil pensar que hacer, la cabeza ve pero el cuerpo no se involucra. El precio por no hacer, siempre, es infinitamente más alto. Involucrarse implica tiempo, ser parte de lo otro y dejar el ego de lado. Hacer no es solo para nosotros, es para el entorno en general.

Pienso. Hacemos algo con todo esto? Esta bronca tiene un poco de post.