Mi relación con la música es muy estrecha desde muy, muy chico. De hecho, me considero músico antes que oyente, y lo digo en serio.
Empecé a estudiar piano justo el primer día de clases en primer grado. 6 años. La señorita Mirta, uno de los grandes interrogantes de mi vida, regenteaba el salón de clases en ese momento. Y digo que fue un interrogante porque esa señorita no estuvo más de unas semanas siendo la maestra del grado: se fue y nunca más supe de ella.
Lo curioso es cuánto tiempo se quedó esa seño en mi recuerdo. Puede ser una de esas maestras que curiosamente se cruzaron por tu vida a través de muchas mujeres que te la hicieron acordar a ella. Un personaje bastante genérico de la vida.

Al crecer en un entorno cristiano, mi familia frecuentaba la iglesia unas 3 o 4 veces por semana. Obviamente, para un niño jugar con los instrumentos puede ser uno de los mayores placeres de la vida. Una batería, una guitarra, un acordeón, un bombo, un pandero…

La lógica decía que si estudiaba piano y vivía rodeado de un entorno que me invite a tocar instrumentos, iba a comenzar a ser músico en breve, y no me quiero aventurar a parecer exagerado, pero si no fue al año fue al año y medio cuando comencé a tocar canciones en las reuniones. Tenía 7 u 8 años. Y así pasaron varios años tocando, agudizando el oído, aprendiendo y siendo músico de una iglesia de forma permanente.

Eso es exactamente ser músico :)

Tardé lo que tuve que tardar para comenzar a escuchar música “mundana”. Más allá de lo que sonaba en la radio, en los 40 Principales, me la pasaba leyendo más que escuchando música en revistas como 13/20 o Generación X, porque en los 80s no todos éramos afortunados por tener sistemas complejos de reproducción de música. En casa contábamos con un radiograbador Sanyo de doble cassetera, pero no desde mis 7 años, sino más bien desde mis 10.

Comencé a ser algo más grande y no había mucha gente melómana. Creo que conocí al primer melómano a los 12, en mi primer año de la secundaria: Alan Van Wageningen, responsable de haberme regalado un cassette TDK D60 marrón con The Wall de Pink Floyd. No era el disco completo, creo. Era raro, oscuro, caótico, complejo; de hecho, Mother es la única canción que usa la progresión de acordes 1.ª, 4.ª y 5.ª.
¡Era feo! Bueno, algunas cosas eran feas. Con el tiempo fue siendo menos feo, pero aun así no lo comprendía. The Wall, el disco que años antes había visto en la musculosa blanca de Darío, el amigo de mi hermano, con el icónico isologo sobre el muro de ladrillos en color negro.

Años después muté a música algo más accesible: viví la vuelta de Serú Girán. A la iglesia casi ni íbamos; problemas familiares y terminamos viviendo en Punta Alta, una ciudad a 25 km de Bahía Blanca, la cual limita con la base naval Puerto Belgrano. Allí la música se podía conseguir más fácil. Conocí más melómanos, muchos más. Conocí músicos, comencé a juntarme a guitarrear con amigos que también guitarreaban. Tenía un teclado Casio, pero no era fácil de llevar a ningún lado, aunque lo hice. Después de zapar con varios pibes y de infinitos intentos de armar una banda, aparece una banda invitándome a unirme, ya con fechas para tocar a la semana. Allá fui.
A los 15 me movía en el circuito de músicos de una ciudad chica. Conocí mucha gente que me llevó por muchos lugares. Alguien me prestó un disco en vivo de David Gilmour; lo recuerdo por el solo de bajo haciendo slap en Another Brick in the Wall.

Por aquel entonces, un grupo de amigos me empujó a clases de teatro, en donde conocí a Fred Quiroga, gran artista que luego terminaría siendo director de Cultura de la ciudad. En una de esas tardes en donde terminábamos de hacer algo y nos sentábamos a tomar mates, Fred lleva un cassette de Pink Floyd con una canción para escuchar y explicarnos: Time. Fue tal la experiencia que aún hoy la recuerdo y me emociona. Mientras sonaba la canción, explicaba y traducía lo que iba narrando la letra. El resultado fue recordar esto hoy como si fuese ayer. Lo que en ese momento sonó y yo no sabía era el disco Pulse Live.

Después de tocar en varias bandas y con unos 17 años bien puestos, tocaba en un trío con Claudia Acosta y Gaby Oliver. Era un experimento de robo a mano armada con ánimos de lucro, pero para divertirnos.
Alguna vez, antes de uno de esos “ensayos”, caminando con Claudia me comentó que un tal Hueso, guitarrista de una banda de thrash metal, le dijo que “Pink Floyd era un embole”. Ok, yo sabía que no era divertido, pero viniendo de un músico —de ese músico— me extrañó que esa persona carezca de sensibilidad hacia el arte. Bueno, tocaba thrash metal…

Pasaron varios años hasta que me fui de Punta Alta y me vine a vivir y trabajar a CABA. En realidad me mudé con ansias de aventura y poder estudiar piano jazz con Luis Sirimarco, creo que uno de los mejores tecladistas de Argentina. Pero no llegué a eso. Me puse a trabajar en el Hotel Bauen, en pleno Callao y Corrientes.
No va que justo abajo de ese lugar estaba Oliverio Allways, un gran club de jazz de antaño en donde desfilaban figuras de todo estilo y color: Scott Henderson, John Scofield, Charly García, Willy Crook, Los Nocheros, Luis Salinas, Lito Epumer, Débora Dixon…

A través de mi jefe conseguí una pensión mixta en Paraná al 200, una cuadra antes de la casa de mi hermano Ale Phaturos, quien era el novio de la hija del dueño de la pensión donde vivía, que luego sería mi compañero de trabajo, con el cual me juntaría a ver, junto a su hermano, el DVD de Pink Floyd: Pulse Live un año más adelante, y que en aquel entonces no sabíamos ni nos conocíamos. Solo yo lo vi una vez, con su chaleco azul: era solo una figura con un chaleco azul.

Pasado ese año y perdido un tiempo prolongado en la rutina, me mudo a Villa Urquiza, cuna de músicos.
Dedicaba mis días a tocar la guitarra y lucrar en el subte, y aunque me cagué bastante de hambre puedo decir que fui libre y feliz. En esa época conozco a Diego, quien luego se convertiría en el padrino de mi hija, pero que hasta ese entonces era primo de mis amigos Quelo y Dami.

Dos años más tarde llega mi hija y con ello una responsabilidad heredada de hacer lo correcto. En una de esas visitas, Diego me regala un pendrive con mucha música y Pulse Live de Pink Floyd, disco que terminó acompañándome a trabajar durante jornadas laborales durante años, el que escuchaba en un MP4 Noblex color verde.

Hace unos meses, y justo entrando a trabajar, después de acondicionar y dejar agradable el lugar en donde voy a tener que estar 8 horas de mi vida, al volver de buscar agua para el mate pensé: “Está lindo para escuchar Pulse”, y fue así que pasé una de las más lindas 2 horas de mi vida, disfrutando de algo que estuvo y estará al lado mío por el resto de mi vida.

Hoy sigo siendo un músico que escucha.